

«Cuando me di cuenta, ya llevaba cuatro años trabajando, pensando todo el tiempo: “voy a dejarlo, voy a dejarlo”.»
Los días en que Michelle trabajaba como enfermera no fueron nada fáciles. El trabajo en planta consistía en turnos de día y de noche que se repetían sin parar, al límite tanto física como mentalmente. Además, las relaciones en el lugar de trabajo tampoco eran precisamente buenas, y cada vez que alguien renunciaba, la carga de quienes se quedaban aumentaba más y más: dentro de esa espiral negativa, cuenta que siempre pensaba «ya quiero dejarlo».
Aun así, dice que, por tratarse de la profesión de enfermera, siempre sentía que «no era tan fácil renunciar». «Después de haber conseguido el título nacional con tanto esfuerzo», «Sería una falta de respeto hacia los pacientes», «Los demás se esfuerzan aún más que yo»... Atada por ese tipo de «obligaciones», sus días transcurrían reprimiendo lo que realmente sentía.
«Pero un día, al mirarme de repente en el espejo, pensé: “así, puede que termine toda mi vida sin que nada cambie”. Una vida solo de trabajo, yendo y viniendo cada día entre el trabajo y casa, sin que nada cambiara. Cuando pensé que esto podría continuar diez, veinte años más, me dio escalofríos.»
Ser enfermera es una profesión de la que se puede sentir orgullo. Pero a la pregunta de si eso “hacía feliz a mi propia vida”, no podía responder con claridad. Mientras seguía viviendo “por los demás”, tenía la sensación de irse desgastando cada vez más.
En ese momento, en su corazón surgió un deseo intenso: «quiero cambiar a la persona que soy ahora, sea como sea» y «quiero reiniciar mi vida por completo». Pero en ese momento no tenía absolutamente ningún plan sobre qué hacer después de renunciar. «Lo único en lo que podía pensar era en “salir del entorno en el que estaba”.»
Y esa “huida” terminaría convirtiéndose en el gran punto de inflexión que fue estudiar en la isla de Cebú.
«Simplemente iba en el tren, sin pensar en nada en especial. Pero todavía recuerdo aquel instante.»
Aunque Michelle ya había decidido dejar su trabajo como enfermera, no tenía una visión clara de qué haría después de renunciar. No es que tuviera algo concreto que quisiera hacer; solo tenía en su corazón el deseo de “alejarme de donde estoy ahora”.
Un día, al salir del trabajo, un anuncio dentro del tren en el que iba le llamó la atención. Decía lo siguiente:
«¿Por qué no cambias tu vida en el extranjero?»
«¿Eh? ¿El extranjero? ¿Estudiar afuera?» Cuenta que esa frase, de manera extraña, entró directo a su corazón.
«Hasta entonces pensaba que estudiar en el extranjero no tenía nada que ver conmigo. Creía que era un mundo para gente que hablaba inglés con fluidez, algo ajeno a mí. Pero ese día, no sé por qué, pensé: “ah, tal vez sí sea posible…”.»
En cuanto llegó a casa, Michelle empezó a buscar en su teléfono cosas como “estudiar en el extranjero siendo adulta trabajadora” o “estudiar inglés en el extranjero”. Cuando se dio cuenta, llevaba horas leyendo blogs y testimonios sobre estudiar en el extranjero. Y cuanto más leía, más fuerte se volvía la sensación de que “esto podría ser un desafío realista”.
«En realidad, desde mis tiempos de estudiante siempre tuve el sueño de “poder hablar inglés”. Pero la escuela de enfermería era muy exigente, y en cuanto empecé a trabajar ya no había tiempo para eso… Había olvidado por completo ese sentimiento, pero pensé: “tal vez ahora sí pueda lograrlo”.»
A partir de entonces, el historial de búsquedas de su teléfono se llenó con la palabra “estudiar en el extranjero”. Destino, costos, escuela, vida diaria, seguridad… tenía muchas inquietudes, pero la emoción de “querer empezar algo nuevo” pesaba mucho más.
Y en cierto momento, apareció de pronto una palabra clave: “estudiar en la isla de Cebú”.
«¿Eh? ¿Filipinas es de habla inglesa? ¿Y encima es barato?»
A partir de ahí, comenzó el “modo estudiar en el extranjero en serio” de Michelle.
«Al principio pensé: “¿de verdad existe algo tan bueno como clases individuales a precio barato?”.»
Mientras su deseo de estudiar en el extranjero crecía día a día, lo que empezó a llamar la atención de Michelle fue “estudiar en Filipinas, en la isla de Cebú”.
Hasta entonces, su imagen de “estudiar en el extranjero” eran sobre todo países occidentales: Estados Unidos, Canadá, Australia... Filipinas era un punto ciego total. Pero, a medida que investigaba, fue descubriendo que “el costo es abrumadoramente más bajo”, “las clases individuales son la base” y “hay muchas escuelas con personal japonés”, entre otras cosas, lo que la convertía en un entorno ideal para una primera experiencia en el extranjero.
«Cuando lo investigué por primera vez, sinceramente pensé: “es tan barato que da desconfianza”. Pero, al ver testimonios en blogs y en YouTube, terminé pensando: “tal vez Filipinas sea justo lo ideal para principiantes”.»
Y, entre las numerosas escuelas de idiomas, la que Michelle eligió fue “3D ACADEMY”.
Dice que, sinceramente, los motivos de su elección fueron “la buena relación calidad-precio” y “la sensación de tranquilidad”.
«3D ACADEMY aparecía en muchos testimonios de distintas personas: que “la comida está pensada para japoneses y es deliciosa”, que “hay personal japonés siempre presente, así que da tranquilidad”. Como era mi primera vez en el extranjero, ese tipo de pequeños detalles que dan seguridad fueron muy importantes para mí.»
Además, el hecho de que el estilo de clases fuera principalmente individual también fue un factor decisivo. Para Michelle, a quien no se le daba bien hablar en público y temía quedarse atrás en clases grupales, un entorno donde podía practicar inglés con calma en formato uno a uno era ideal.
«Para ser sincera, el precio fue el factor decisivo número uno (risas). Pero no fue solo el precio: también había una sensación de confianza que me hacía pensar “aquí seguro que todo va a estar bien”.»
Cuando se dio cuenta, aquel “simple interés” de buscar información en internet se había transformado en un plan de acción concreto.
«Iré a esta escuela. Iré a ver con mis propios ojos un paisaje distinto al de siempre.»
Así fue como Michelle finalmente tomó la decisión de “estudiar tres meses de inglés en 3D ACADEMY”. Para ella, ese fue también el primer paso hacia un nuevo comienzo en su vida.
«El primer mes fue realmente duro. Fue una sucesión de choques culturales todos los días.»
Lo que esperaba a Michelle al llegar a la isla de Cebú no era solo el aire alegre y tropical. Su primera vida en el extranjero comenzó en medio de una mezcla de expectación y ansiedad. Dice que durante la primera semana lo único que pudo hacer fue esforzarse por “acostumbrarse”.
Lo primero que la desconcertó fue la diferencia en cuestiones de higiene.
«En los hospitales de Japón, la limpieza es algo natural, ¿no? Precisamente por haber trabajado como enfermera, era muy sensible a los temas de higiene… La presión del agua en el baño y la ducha de la residencia, o que no se pudiera beber el agua del grifo… al principio me ponía muy nerviosa por esas cosas.»
Otra sorpresa fue la diferente sensación del tiempo. En Filipinas, como dice el conocido “horario filipino”, es cosa de todos los días que las cosas no salgan según lo previsto. Los profesores llegaban unos minutos tarde, las reparaciones de las instalaciones se retrasaban… «Cosas que en Japón se convertirían en una queja, en Filipinas simplemente pasan con un “no se puede hacer nada” (risas). Pero si me molestaba por cada cosa, no acababa nunca. Poco a poco fui aprendiendo a pensar “bueno, está bien así”.»
La barrera del idioma también fue más grande de lo que imaginaba. Las clases eran, por supuesto, en inglés. Aunque lo entendía con la cabeza, al momento de comunicarse realmente en inglés, al principio las palabras no le salían. «No podía entender lo que me decían ni transmitir lo que quería decir. Me sentía muy impotente. Aunque el profesor esperaba con paciencia, después de cada clase caía en la autocrítica pensando “debí haber dicho esto de otra manera…”.»
Aun así, poco a poco, lentamente, algo empezó a cambiar dentro de Michelle.
Que al final de la clase el profesor le dijera con una sonrisa “Good job!”. Que conversara hasta tarde en la noche, en un inglés torpe, con la compañera de cuarto que conoció en la residencia. El pequeño logro de poder decir con naturalidad “Thank you!” en un café cercano.
«Aquí había momentos en los que podía reconocer a “la yo que se esfuerza”, algo que en Japón nunca había sentido.»
Cuando se acercaba el final del primer mes, poco a poco fue acostumbrándose tanto a la vida en la isla de Cebú como al estilo de clases de 3D. Y, poco a poco, empezaron a aumentar los momentos en los que pensaba “esto es divertido”.
«Cuando el profesor me dijo “tu inglés ha mejorado mucho”, casi me pongo a llorar.»
Cuando Michelle empezó a acostumbrarse poco a poco a la vida en Cebú, también su relación con el inglés comenzó a cambiar. Las clases de inglés que al principio eran “no entiendo nada, no puedo decir nada” fueron aumentando poco a poco los momentos en que “las palabras llegan” y “los sentimientos se transmiten”.
«Un día, durante una conversación libre con el profesor, hubo un momento en que hablé con una fluidez que me sorprendió a mí misma. “Espera, ¿estoy conversando de verdad en inglés?”, pensé, y me sentí muy feliz.»
No solo memorizaba frases en inglés, sino que ya podía “usarlas”. Y, además, tenía la sensación de que salían de forma natural: eso era un “crecimiento real” que ningún examen podía medir.
«Al principio, después de cada clase sentía frustración. “¡Si yo conocía esa expresión!”, “si lo hubiera dicho así, se habría entendido…”. Por eso, esa misma noche siempre investigaba, y al día siguiente volvía a sacar el mismo tema con el profesor para tener mi revancha (risas).»
Ese esfuerzo constante, con el tiempo, comenzó a dar sus frutos. Aumentaron las frases que podía usar en clase y la conversación se volvió más fluida. También en la comprensión auditiva, apoyándose en las expresiones y la entonación de la otra persona, llegó a entender alrededor del 80% del contenido. Eso le dio confianza, y dice que tanto su expresión como su voz se fueron volviendo cada vez más alegres.
«Pensé que hacerme entender en inglés era algo tan alegre. Poder decir lo que quiero decir, reír juntos, hacerme entender de verdad. Esa alegría me dio la motivación de “querer hablar más” y “querer aprender más”.»
Además, el esfuerzo de Michelle también se hizo notar entre los profesores. Cuenta que un día, al terminar la clase, el profesor le dijo lo siguiente:
“Michelle, your English has really improved. I’m so proud of you.”
Recuerda que, al escuchar esas palabras, se le humedecieron los ojos sin querer. Que alguien le dijera “estás esforzándote mucho”. Fue un momento en el que sintió, una vez más, cuánta fuerza puede dar eso.
«El esfuerzo que en Japón era “algo normal”, en Cebú se valora de verdad. Siento que, a través de esa experiencia de “ser reconocida”, yo misma pude volverme más positiva.»
A partir de este momento, Michelle empezó a ver su vida de estudios en el extranjero de una manera cada vez más positiva. De los días en que el idioma era una barrera, pasó a días en que el idioma se convertía en un “puente”. Hablar inglés, sin darse cuenta, se había convertido en un “placer”.
«Estudiar es importante, pero creo que el encanto de la isla de Cebú también está, sin duda, en el “tiempo libre”.»
Entre semana, Michelle se dedicaba a clases intensivas desde la mañana hasta la tarde, pero los fines de semana se convertían por completo en “tiempo de premio”. El aire alegre y tropical de Filipinas y de la isla de Cebú, junto con el tiempo compartido con los compañeros que se reunían allí, se convirtió para ella en un momento de descanso irremplazable.
«Cuando llega el sábado, todos nos entusiasmamos con eso de “¿adónde vamos?” (risas). Al principio pensaba que, como no entendía el idioma, sería imposible ir muy lejos, pero resulta que se puede, y bastante bien.»
Junto con estudiantes japoneses que estudiaban con ella y con estudiantes de Taiwán, Corea y Vietnam, formaban pequeños grupos para salir a—
Las cataratas de Kawasan y Moalboal, con su mar de un azul transparente. Compras y exploración de comida local en los grandes centros comerciales. Una cerveza San Miguel al atardecer en la playa, con charlas que no terminaban nunca.
«A medida que empecé a hablar un poco más de inglés, al salir con todos también surgía de forma natural el “¡hablemos en inglés!”. Al principio era torpe, pero solo con intentar comunicarnos riendo, la distancia entre nosotros se acortaba muchísimo.»
En la escuela de idiomas, las edades y nacionalidades eran muy variadas. Pero, precisamente por eso, dice que pudo relacionarse sin reservas extrañas, siendo ella misma tal cual era. «Quitarme esa armadura de “debo hacer esto porque soy adulta trabajadora” o “debo comportarme así porque soy enfermera” fue un gran alivio. Que los más jóvenes me tomaran el pelo, que compañeros de otros países me hicieran notar diferencias culturales… todo fue muy fresco para mí.»
Los recuerdos de días libres sin nada especial son ahora un tesoro. Aunque no fueran lugares turísticos especiales, los momentos de comer y reír juntos, los instantes en que se tomaban fotos, las noches conversando mientras miraban el atardecer: todo eso, dice Michelle, fue “un tiempo que le devolvió su vida”.
«En Japón sentía que “tiempo = trabajo”, pero en Cebú sentí que “tiempo = conexión con las personas”. Ah, así que también se puede vivir el tiempo de esta manera, pensé.»
Días de no solo trabajar sin parar, sino de relajar los hombros y vivir riendo. La “tranquilidad” y la “alegría” de la isla de Cebú relajaron con suavidad el corazón de Michelle.
«Desde que llegué a Cebú, dejé de preocuparme tanto por “la mirada de los demás”. Eso fue un cambio enorme para mí.»
Cuando trabajaba como enfermera en Japón, Michelle siempre se preocupaba por “cómo la veían los demás”. En el trabajo, las miradas de sus compañeras más jóvenes, la evaluación de sus superiores, la reacción de los pacientes... También en su vida privada, seguía presionándose a sí misma con pensamientos como “tengo que hacer las cosas bien” o “ya soy una persona adulta”.
«Pero la gente de Cebú, en el buen sentido, “vive siendo ella misma”. Hay gente que se pone a cantar de repente en la calle, profesores que se ríen a carcajadas durante la clase (risas). Al ver esas escenas, empecé a pensar: “oye, yo tampoco tengo que esforzarme tanto”.»
Dice que, al estar en contacto con la alegría y la generosidad de los filipinos, poco a poco pudo alejarse de “la yo que trataba de cumplir con las expectativas de los demás”.
Por ejemplo, no avergonzarse aunque se equivocara en clase. No importarle poner caras raras al tomarse fotos en las actividades del fin de semana. Si no la entendían en inglés en un café, comunicarse riendo, con gestos.
«Cosas que la yo de antes hubiera evitado pensando “qué vergüenza, mejor no”, en Cebú llegué a hacerlas con naturalidad. Porque pude sentir que, aunque no fuera “una persona perfecta”, todos me aceptaban tal cual era.»
Este cambio fue, más aún que el progreso en el inglés, un tesoro enorme para Michelle. Más que “lo correcto”, importaba “si ella se sentía cómoda”. Más que “ser evaluada”, importaba “si ella misma podía estar de acuerdo”.
«Cuando estaba en Japón, lo más importante era “no fallar”, pero desde que llegué a Cebú, siento que lo importante pasó a ser “disfrutar” y “atreverme a intentar cosas”.»
Como resultado, Michelle siente que ahora le resulta mucho más fácil vivir que antes. Disminuyeron los momentos de desánimo al compararse con otros, así como el quedarse paralizada por preocuparse de qué pensarían los demás.
«Mi objetivo era estudiar inglés, pero cuando me di cuenta, hasta mis “hábitos de vida” habían cambiado. Creo que los tres meses en Cebú fueron, más que un tiempo para el “inglés”, un tiempo para recuperar “ser yo misma”.»
«Para ser sincera… todavía no tengo nada decidido sobre después de graduarme (risas).»
Cuando su estancia de tres meses estudiando en el extranjero se acercaba a su fin, al preguntarle a Michelle “¿qué vas a hacer después de graduarte?”, esa fue la respuesta que dio. La Michelle de antes tal vez habría respondido: “una situación así solo me generaría ansiedad”. Pero, tras su experiencia en Cebú, ahora podía ver ese “sin plan” de manera positiva.
«Por supuesto, creo que cómo viviré después de volver a mi país es algo importante. Pero ahora he llegado a pensar que “está bien aunque no esté decidido”.»
Detrás de esto está el haber ganado en Cebú “un eje propio”. “Llegué a hablar inglés”, “pude vivir en el extranjero”, “pude reír junto a mis compañeros”: esas experiencias se convirtieron en una pequeña autoafirmación de “resulta que sí puedo hacerlo”.
«Antes me angustiaba pensando “tengo que llegar a ser algo” o “tengo que decidirlo rápido”, pero en Cebú pude pensar que “incluso la yo de ahora ya tiene suficiente valor”. Solo con eso, siento que mi corazón se sintió mucho más ligero.»
Quizás en el futuro haga un programa de vacaciones y trabajo. Quizás vuelva de nuevo a Cebú. O tal vez abra una puerta completamente distinta en su vida.
«Llegué a pensar que ninguna opción es “la correcta”, sino que todas son “válidas”.»
Y, por encima de todo, hubo otro gran cambio.
«Desapareció esa sensación de antes de que “tengo que volver a ser enfermera”. Pensé que no hace falta volver por la fuerza solo porque tengo el título o porque sería un desperdicio no usarlo. Ahora puedo pensar de corazón que “está bien elegir lo que realmente quiero hacer”.»
Aquella sensación que solía ser “sin plan = ansiedad” se había transformado, sin darse cuenta, en “sin plan = libertad”. Quizás eso fuera, precisamente, la “opción de vida” que le enseñaron el lugar llamado Cebú y las personas que conoció en 3D ACADEMY.
«En la vida, “decidir” es importante, pero creo que también existe “la fortaleza de dejar las cosas sin decidir”. Siento que ahora he empezado a entender eso, aunque sea solo un poco.»
«Si ahora hay alguien que trabaja como enfermera y se pregunta “¿está bien seguir así…?”, quiero decirle que “está bien detenerse un momento”.»
Michelle nos habló, con calma pero con firmeza, dirigiéndose a las enfermeras que, igual que ella antes, están agotadas por perseguir el trabajo diario.
«Ser enfermera es un trabajo en el que se tiene la vida de las personas en las manos, y la responsabilidad y la presión son enormes. Además, hay un ambiente en el que es difícil decir “voy a dejarlo” o “voy a tomarme un descanso”. Por eso mismo, creo que hay muchas personas que aguantan hasta que su mente y su cuerpo llegan al límite.»
Pero, antes de llegar a ese límite, también está bien elegir “huir”. Más bien, Michelle dice que eso es “una acción valiente para protegerse a una misma”.
«Al estudiar en el extranjero, finalmente pude pensar que “está bien usar mi propia vida para mí misma”. Hasta entonces, siempre me esforzaba por los pacientes, por el trabajo, por la mirada de los demás… pero solo con eso, sentía que terminaba vaciándome por dentro.»
Por supuesto, estudiar en el extranjero no es necesariamente “la respuesta correcta” para todo el mundo. Pero no hay duda de que existen paisajes que solo se pueden ver “cambiando de entorno”.
«Al ir al extranjero, tuve muchos momentos en los que, por primera vez, descubría cosas sobre mí misma, como “esto es lo que me hace reír” o “este es el tipo de persona que me gusta”. Por eso, me gustaría que, primero, se animen a dar “un paso por ustedes mismos”.»
Lo que Michelle obtuvo en la isla de Cebú no fue solo su nivel de inglés. Más que eso, fue el poder enfrentarse a sí misma, aceptarse y llegar a sentir ilusión por su propio futuro. Eso fue, precisamente, su “mayor logro”.
«Aunque ahora sea difícil, no hace falta angustiarse. Si es un camino que una misma ha elegido de verdad, creo que, lleve adonde lleve, seguro que no habrá arrepentimiento.»
Por último, Michelle, un poco tímida pero sonriendo, dijo lo siguiente:
«En la vida, incluso sin un plan, todo termina saliendo bien de alguna manera (risas).»
Tres meses estudiando en la isla de Cebú. Para Michelle, ese no fue simplemente un tiempo para aprender inglés. Creo que fue un gran punto de inflexión, un momento para detener por una vez el rumbo de su vida y volver a preguntarse: “¿cómo quiero vivir realmente?”.
«Mi vida en Japón, trabajando sin parar cada día. Días en los que, aun pensando “quiero dejarlo”, no podía moverme por miedo a “qué pasaría si lo dejo”. Pero aquel anuncio que vi en el tren cambió, poco a poco, el rumbo de mi vida.»
Al atreverse a cambiar de entorno, los contornos de sí misma se fueron definiendo con más claridad. La sensación de vivir como “la Michelle auténtica”, ni “enfermera” ni “una adulta trabajadora ejemplar”. Quizás esa experiencia fue, para ella, el mayor “botón de reinicio”.
«Si me hubiera quedado en Japón, creo que habría seguido trabajando toda mi vida diciendo “quiero dejarlo”. Pero al venir a Cebú, y vivir en una tierra desconocida, con gente desconocida y en un idioma desconocido… por primera vez pude pensar que “se puede vivir aunque nada esté decidido”.»
Durante esta entrevista, Michelle repitió muchas veces frases como “fue divertido”, “me alegro de haber ido” y “fue un tiempo realmente importante”. Y recordaba con cariño, uno a uno, los recuerdos con los profesores, los viajes con sus compañeros, cada conversación y cada sonrisa. A través de esa actitud se transmitía cuánto había logrado “recuperarse a sí misma” en la isla de Cebú.
Al oír “vida sin plan”, tendemos a asociarlo con ansiedad y riesgo. Pero, como Michelle, al “vivir siendo sincera con las propias emociones”, también pueden abrirse nuevas puertas: eso es lo que nos hizo sentir de nuevo.
En la vida no existe eso de “ser demasiado tarde”. Si la historia de Michelle sirve de suave empujón para alguien que, en algún lugar, piensa “quiero volver a empezar”, será una gran alegría.
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